Por Carlos Lopes
Hombre imprescindible en la historia brasileña, Nelson Chaves dos Santos falleció el último lunes en la capital de São Paulo
Existen los hombres providenciales.
Aquellos que, cuando todo parece sin salida, descubren que el camino sólo existe cuando lo construimos – y que solamente es posible construirlo a través de la lucha. Son los puntos luminosos de la Humanidad, sin los cuales la colectividad no podría avanzar y siempre, al fin y al cabo, erguirse ante la barbarie para la conquista de la civilización. Sin embargo, ellos no nacieron así o fueron predestinados para ese papel. Por lo contrario, se tornaron así porque eligieron lo que querían ser.
Nelson Chaves dos Santos era de esta especie de hombres.
Él podría haber elegido quedarse en la ciudad donde nació, Paranaíba, hoy en Mato Grosso del Sur, y ser, tal vez, un agricultor.
Él podría haber elegido quedarse lejos de la mayoría de los hombres y mujeres de su tierra, el Brasil, en las luchas del final de la década de 50 y comienzos de la década de 60.
Él podría, cuando el golpe de 64 impuso una dictadura bárbara, tan estúpida cuanto entreguista y antipopular, cuidar de algunos negocios particulares – y esperar mejores días.
Y podría, cuando bajo tortura, traicionar a sí mismo y colaborar con la tiranía – o, después de desterrado del país por la dictadura, quedarse a salvo en el exterior, recorriendo el margen izquierdo (o derecho) del Sena, frecuentando bistrôs y brasseries, hasta que la situación cambiase en el Brasil.
Sin embargo, él prefirió volver, cuando el destierro equivalía a una orden de asesinato en su propio país, y emprender la lucha. Por eso, la situación cambió. Fueron hombres como Nelson, que amaban a su pueblo y a su país al punto de enfrentar a la dictadura – y sus patrones de Washington – en condiciones dificilísimas, tremendamente desiguales, que posibilitaron el cambio. En la convención que aprobó la candidatura de Tancredo Neves para presidente de la República, allá estaba Nelson, en el centro de los acontecimientos.
Había en él algo de muy impresionante – y me permito aquí rememorar la primera vez en que lo vi, en una cafetería en la Avenida Brasil, en Río de Janeiro, todavía en la clandestinidad, allá por 1975 o 1976. Cuando tú tienes 23 años, alguien con ocho años más parece muy, muy más viejo. Pero él no parecía, para mi sorpresa, me considerar mucho más joven. Recuerdo que yo estaba acompañando Jorge Venâncio – que hasta hace algún tiempo, fue director de redacción del HP. Lo que más me llamó la atención – apenas un sentimiento – era el coraje que él demostraba. Como yo sentía eso? No sé, pero todos aquellos que convivieron con Nelson – excepto algunas pulgas, que siempre las hay – pueden proporcionar testimonio semejante. No era ninguna sensibilidad especial, o mágica, de mi parte.
Todos nosotros sentíamos la conjunción de grandeza y bondad (es más exacta esta palabra que su emparentada, pero no idéntica, generosidad) que constituía la personalidad de Nelson. En él, la barbarie fuera derrotada completamente: saliera entero y sin resentimientos. Pero con la inamovible decisión de hacer con que la Humanidad, en su expresión, barra la basura de la superficie de la Tierra. E eso él se dedicaría de forma, inclusive, más firme que antes.
Nelson nació al final de la II Guerra, en 27 de abril de 1945. Inició su vida política aún antes de 1964, en las organizaciones juveniles de la Iglesia, cuando vivía y estudiaba en Araçatuba. Mudándose para São Paulo, fue, en seguida, miembro de la organización Política Operária (PO), pero el carácter intelectualista o inmovilista de esa organización lo distanció: “yo quería luchar”, decía él, recordando esa época. Fue, entonces, uno de los pioneros de la Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR). En cinco de febrero de 1969, fue preso en Mato Grosso – en la granja Ariranha, donde naciera, en Paranaíba (hoy, Mato Grosso del Sur).
Torturado bárbaramente, él conseguía tener humor hasta cuando se acordaba de esos momentos extremamente difíciles: “lo duro es aguantar cuando ellos no te dejan dormir. Ahí es joda”.
En enero de 1971, Nelson fue uno de los presos políticos cambiados por el embajador suizo – la dictadura decretó su destierro del territorio nacional, así como de todos los presos políticos que fueron liberados y abrigados por el Chile de Salvador Allende.
Nelson contribuyó con las iniciativas populares del gobierno Allende hasta el golpe de 11 de septiembre de 1973. Con la persecución homicida a los patriotas y demócratas, desencadenada por la CIA y la dictadura pro-americana de Pinochet, Nelson, acompañado por su gran amigo Eduardo Fernandes – después editor internacional del Hora do Povo – atravesó la frontera con Argentina y fue para Europa.
Algún tiempo después fue que tomó aquella que consideraba una de las más difíciles decisiones de su vida. Ya integrado el Movimiento Revolucionario 8 de Octubre desde Chile, se discutía, en París, la necesaria vuelta al Brasil, donde la organización – que, desde el final de 1972, iniciara un nuevo período táctico-estratégico, teniendo la lucha popular por las libertades democráticas por centro – necesitaba urgentemente de cuadros para que pudiese implementar plenamente su nueva línea política.
En aquel momento, muchos vacilaban en volver. Los peligros eran muchos – y hasta las dificultades de instalarse en el Brasil. Nelson nunca se olvidó como se quedó sorprendido al notar que cuadros que consideraba mejores que él rechazaban la vuelta al país. “Ahí yo me presenté para volver. Mi motivo es que alguien tenía que volver. Yo tenía miedo, pero que iba a hacer? Tenía de volver”.
Y él volvió. En la clandestinidad, se volvió uno de los más activos dirigentes políticos del país. Me acuerdo de Nelson andando entre la avenida Antonio Carlos y la Cinelândia, en Río de janeiro, siendo reconocido (cada uno de esos reconocimientos bajo un nombre diferente…) por gente del teatro, algunos profesores universitarios y escritores. Lo difícil era no reír (y, también, no sentir un cierto recelo) cuando uno hablaba con “Ricardo”, el próximo con “Jofre”, y así siguiendo, para referirse al mismo Nelson (que yo también no sabía el nombre hasta la amnistía).
Sin embargo, se equivocaría quien hiciese la suposición de que Nelson no se preocupaba con la propia seguridad – o con la seguridad de su organización. Sus actividades eran las necesarias para desarrollar el trabajo político.
En marzo de 1979, Nelson fue preso otra vez. La rápida movilización del movimiento popular garantizó su vida e integridad física. Estábamos próximos de la amnistía. Nelson fue el primer preso político a ser liberado en el país. La historia, registrada por los diarios de la época, es característica: el juez-auditor (en verdad, el juez-auditor substituto) no quería liberarlo, a pesar del propio presidente de la época, João Batista Figueiredo, haber decretado la extinción de la punibilidad de aquellos que no habían sido sentenciados hasta la fecha de la ley de amnistía. Nelson protestó. El juez resolvió soltarlo con la condición de que respondiese el proceso en casa. Nelson no aceptó, pues era una evidente ilegalidad. El juez-auditor, algo histérico, mandó prenderlo por desacato a la autoridad. Pero recibió la siguiente respuesta del capitán de la PM, que acompañaba a Nelson: “Pero él ya está preso, meritísimo”. Frente a eso, el juez desistió y Nelson fue el primer preso político a salir libre, el día 30 de agosto de 1979.
Nelson se dedicó, entonces, en el MR8, a construir el frente nacional y popular necesario a las transformaciones del país y a las relaciones con los partidos progresistas de todo el mundo. Con la fundación del Partido Patria Libre, fue electo su secretario de relaciones internacionales.
Nelson Chaves fue un entusiasta y colaborador del HORA DO POVO desde su primer número, en 1979.
A un gran hombre que nunca le faltó a su pueblo, que marcó la Historia del Brasil, nuestro homenaje, gratitud y, para siempre, quedará dentro de cada uno el placer de la convivencia con un brasileño que nunca se abatió frente a cualquier vicisitud.
Nelson era un héroe. De pocas personas se puede hablar de esa forma sin exageraciones. Él era una de ellas.
Nuestra solidaridad a su esposa, Eliane, a su hijo, Camilo, y a sus hijas, Anna Carolina e Anna Paula.