Discurso de Dolores Padierna Luna, Secretaria General del Partido de la Revolución Democrática, en la reunión de la Mesa de Trabajo del Foro de Sao Paulo celebrada en la Ciudad de México, 17 de Noviembre 2011
En México impera un modelo político de dominación basado en una restauración del régimen cada seis años a través de un bipartidismo de derecha.
Los gobiernos neoliberales, iniciados en 1982, han rematado las riquezas del país, expulsado a más de 400 mil mexicanos por año al no dejarles otro camino que emigrar a Estados Unidos, saqueado los presupuestos públicos y, en los últimos años, han creado una espiral de violencia que parece no tener fin.
Hace 11 años terminó el largo reinado del Partido Revolucionario Institucional (PRI), ampliamente conocido en América Latina por ser el partido con la más larga permanencia en el poder. Más de 70 años en la Presidencia y conserva aún 20 entidades bajo su gobierno. Mario Vargas Llosa llegó a decir que la del PRI era una dictadura perfecta.
Diversos factores, incluyendo el “voto útil” de una parte de los electores de izquierda, confluyeron para que el Partido Acción Nacional (PAN), la derecha tradicional en México, se hiciera del poder. Ante la crisis del PRI y el desprecio de la sociedad hacia tantos años de opresión de ese partido, la derecha junto con Washigton tomaron la decisión de buscar la restauración del régimen por el lado del partido de ultraderecha haciendo con Vicente Fox, entonces gobernador del estado de Guanajuato, la construcción de una gran mentira mediática que se vendió como la solución de la crisis.
La alternancia en el poder hizo creer a algunos que había llegado el tiempo del cambio. No ocurrió así. Los dos gobiernos del PAN han sido, igual que sus antecesores priístas, simples administradores del neoliberalismo.
No sólo mantuvieron su fe ciega en que el mercado por sí mismo resuelve los problemas, sino que se erigieron en protectores de las mafias heredadas de la época del PRI, en continuadores de la corrupción, el autoritarismo y los repartos delincuenciales del poder.
Frente a los panistas incapaces, una parte de la población parece estar añorando los tiempos de la “mano dura” del PRI. Es ahora que, de nueva cuenta, la derecha busca su restauración a través de otra figura mediática, imponiendo de esta forma una derecha bicéfala que se alterna el poder. El PRI y el PAN no son sólo parecidos, son los siameses del neoliberalismo, no nacieron juntos pero cada día son más iguales.
El PRI tiene como más probable candidato a Enrique Peña Nieto, ex gobernador del Estado de México –la entidad con mayor número de electores. Es un hombre joven que la poderosa televisión mexicana ha construido como un producto de mercadotecnia, como se venden papas fritas, hasta el punto de propiciar su boda con una actriz de telenovelas. Es joven, sí, pero representa lo viejo y caduco, representa a un régimen que hizo del fraude electoral y de la corrupción descarada las credenciales con las que México era conocido en el mundo.
Felipe Calderón, a quien nosotros no reconocemos como presidente por haberse impuesto en el poder mediante el fraude, está impulsando a un funcionario (su ministro de Hacienda), que ha tenido el descaro de decir que los mexicanos que ganan unos 430 dólares mensuales pueden pagar comida y renta, tener automóvil e incluso mandar a sus hijos a una escuela privada. El delfín de Calderón, sin embargo, no ha logrado entusiasmar a nadie, y en las últimas encuestas incluso ha bajado en las preferencias.
A algunos les dio risa la historia de los 430 dólares, pero es terriblemente trágico para millones de mexicanos que la economía nacional esté en manos de personajes dueños de tan grosera insensibilidad social que, además, exhiben sin ningún pudor.
El actual gobierno neoliberal, igual que sus antecesores, dejará un desastre por herencia: 70 millones de mexicanos en la pobreza, 60 mil muertos, medio millón de desplazados y más de 10 mil desaparecidos en la fallida “guerra contra el narcotráfico” y 50 por ciento más desempleados que al principio del sexenio. Ese va a ser el legado de Felipe Calderón, quien prometió ser el “presidente del empleo”.
El 2012 ya llegó y, con él, la hora de detener la destrucción de México. La izquierda mexicana, con nuestro candidato a la Presidencia de la República, tenemos ese enorme reto.
La izquierda de la que formamos parte ha escuchado siempre las voces del México verdadero, no el de la mercadotecnia ni el de los fríos números de los tecnócratas. En nuestro programa y en nuestras banderas están esas voces, las de abajo, las de la gente sencilla y solidaria, voces que debemos seguir escuchando, sí, pero ahora para convertirlas en organización y fuerza electoral.
El reto que tenemos enfrente es enorme, como lo es nuestra determinación para impedir que siga la degradación de la vida pública y el deterioro de las condiciones de vida de los mexicanos.
Andrés Manuel López Obrador, quien fue nuestro candidato en 2006, y despojado de su triunfo por una combinación de las acciones de los poderes públicos y fácticos, será de nuevo el candidato de la izquierda y de un amplio abanico de fuerzas sociales que van más allá de los partidos.
Pese a que López Obrador ha soportado casi seis años de una feroz campaña en su contra, desplegada por el poder desde el duopolio de la televisión, las mediciones de opinión le dieron la delantera.
Sin embargo, enfrentaremos un proceso electoral muy inequitativo, donde todo es favorable a la derecha comenzando por los órganos electorales que no son un árbitro sino que tienen los dados cargados a su favor.
Tienen asignados tiempos oficiales en radio y televisión que triplican los tiempos de las izquierdas: además cuentan con cantidades enormes de recursos económicos para comprar espacios en los medios de comunicación que están prohibidos en la ley, pero siempre quedan exonerados por los órganos electorales. Sabemos cómo nos va a enfrentar la derecha: con tiempo en la televisión y con recursos enormes para comprar conciencias y votos, con mentiras y corruptelas.
En recientes elecciones locales, por ejemplo, hemos padecido la utilización, por nuestros adversarios, de recursos públicos y otros de dudosa procedencia.
La Cámara de Diputados otorgó un presupuesto gigantesco al Estado de México para que Enrique Peña nieto pueda utilizarlo en su campaña, mientras que quitaron 14 mil millones de pesos al Distrito Federal para ahogarlo financieramente, sólo por estar gobernado por la izquierda.
Ellos usan recursos públicos en las campañas electorales, hacen uso corporativo de las políticas públicas, usan recursos del Estado prohibidos en la ley y secan económicamente toda posibilidad de ayuda económica a las izquierdas.
Modificaron la Ley Electoral para dificultar las coaliciones de las izquierdas, prohibieron la formación de nuevos partidos, pretenden eliminar a nuestros aliados estratégicos como son el PT y MC.
No podemos obviar, tampoco, las alianzas de la derecha con el crimen organizado en varias entidades del país y que cerca de la mitad de los municipios de México están tocados por la violencia criminal –que la estrategia de este gobierno no ha hecho sino incrementarla- y que ese factor ha pesado y pesará en la participación de los ciudadanos.
Ayer formalizaron una Coalición electoral los partidos PRI, PVEM y PANAL para poner en marcha la restauración del régimen, tres partidos de la derecha caciquil y defraudadora.
Aún con todo, la izquierda es mayoría en México, hemos ganado dos veces la presidencia del país. Esta vez, estamos mejor preparados, mejor organizados, más experimentados. Andrés Manuel dirige un movimiento de 4 millones de personas a los que llama “promotores del cambio verdadero”, cada uno tiene la meta de conseguir 5 votos para alcanzar 20 millones de electores. La fuerza de los partidos de izquierda no es menor, cuenta con un voto duro de alrededor de 6 millones de ciudadanas y ciudadanos; los sindicatos independientes simpatizantes de la izquierda se cuentan también en millones de trabajadores, electricistas, telefonistas, mineros, universitarios, el magisterio democrático, etc; las organizaciones del movimiento urbano, el campesino y los sectores rurales, el movimiento indígena, las mujeres, los indignados, la juventud progresista… las fuerzas democráticas de México somos mayoría y estamos preparados para ganar.
El día de hoy registraremos la Coalición de izquierda denominada Movimiento Progresista.
Apenas hace unos días hemos definido que nuestro candidato a la presidencia de México en 2012.
Marcelo Ebrard, gobernante de esta Ciudad de México, y López Obrador, aceptaron hace unos meses que sería candidato quien estuviera arriba en las preferencias de los ciudadanos.
En las encuestas realizadas resultó con ventaja Andrés Manuel López Obrador, lo cual fue reconocido por Marcelo Ebrard. Ese acto de congruencia y altura de miras nos está permitiendo arrancar el proceso electoral con una ventaja política y moral sobre nuestros adversarios.
Nuestro candidato no es producto de una onerosa campaña publicitaria, ni una cara bonita en las pantallas de la televisión o las portadas de las revistas del corazón, sino una persona comprometida con las mejores causas del pueblo mexicano, un hombre que durante estos años recorrió, uno a uno, los más de 3 mil municipios del país, que conoce profundamente el país y a su gente, que puede mirar al ciudadano más sencillo a la cara porque es honesto y justo.
No olvidamos nuestras dificultades recientes. En el proceso electoral intermedio de 2009, en medio de la confrontación interna, nos hundimos al 12% de los votos, una cifra que pareciera increíble después de haber obtenido 35% en la elección federal inmediata anterior.
Muchos vieron entonces una izquierda desdibujada, echada a un lejano tercer lugar electoral. Pero hemos ascendido, ya estamos en segunda fuerza y tenemos una espiral ascendente que tiene Proyecto, que tiene fuerza social y que representa la salida para el país.
Debemos remar contracorriente y superar errores que impidan llegar a la meta final; entrar al Palacio Nacional para implantar un nuevo modelo de desarrollo anclado en las tesis de izquierda que logre el bien estar, el bien vivir, el progreso para todas y todos.
El camino ha sido y es muy difícil, pero estamos en la ruta correcta, porque hemos preservado la unidad y al mismo tiempo asumimos el enorme reto de construir alianzas, de cuidar y acrecentar nuestras fuerzas, para llegar a la cita electoral de 2012 con todas las previsiones que impidan fructificar todas las formas de fraude, todas las trampas de las que, como se probó en 2006, son capaces nuestros adversarios.
Sabemos que tenemos el mejor candidato y sabemos también que eso no basta para ganar, porque enfrentaremos a los más poderosos intereses que se han empecinado en que la izquierda nunca gobierne México y en establecer el bipartidismo en nuestro país.
Para enfrentar esas fuerzas tan poderosas hemos acordado ya ir en alianza completa con otros dos partidos de izquierda, el Partido del Trabajo y el Movimiento Ciudadano, pero también estamos trabajando para sumar al mayor número posible de organizaciones sociales y gremiales, a grupos y movimientos que luchan por la justicia, por causas ambientales, a defensores de los derechos humanos y de las minorías.
Queremos que un amplio frente con decisiones de consenso conduzca la campaña electoral y en eso estamos poniendo todas nuestras energías.
Ese frente, que llevará el nombre de Movimiento Progresista y deberá enfrentar retos gigantescos.
Nosotros, desde la izquierda, queremos ver el mundo con los ojos de quienes pueden aprender de otras experiencias exitosas de gobiernos de izquierda. Así, acudimos a abrevar de las rutas que han decidido países hermanos en América Latina, y vemos que es posible el crecimiento económico con estabilidad, un crecimiento de la mano de la expansión del mercado interno y de la redefinición de las prioridades del gasto público para que éste efectivamente mejore las vidas de las personas, como se ha hecho en Brasil.
Vemos que es posible poner por delante los intereses nacionales frente a los organismos financieros internacionales, como en Argentina. O construir nuevos pactos sociales que incluyan a los indígenas, los campesinos pobres y las mujeres, como ha ocurrido en Ecuador y sobre todo en Bolivia.
Bajo esa luz vemos posible un México que recupera su lugar de orgullo en el escenario latinoamericano y en el mundo.
Será con la izquierda que nuestro país dejará de hacer el trabajo sucio de Estados Unidos con los migrantes y abandonará una guerra estúpida que se finca en la propaganda jactanciosa sobre capos del narcotráfico detenidos mientras la violencia crece en las calles. Sólo la izquierda puede ofrecer seguridad real, palpable y medible, en sus bienes y sus personas, a todos los mexicanos.
Tenemos las ideas, las mejores herramientas para lograr los cambios que permitan detener, de una vez por todas, la degradación nacional.
Es nuestra tarea combatir la desmemoria y recordarle al país entero que ese PRI que se anuncia salvador sigue siendo el mismo camaleón que prohijó a presidentes asesinos, como Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría, y a Carlos Salinas de Gortari, el personaje que entregó, a través del Tratado de Libre Comercio, nuestra soberanía nacional.
La izquierda, el PRD, tiene el reto enorme de convencer a la gente, a los jóvenes que votan hace poco o que lo harán por vez primera y que no vivieron nunca bajo gobiernos del PRI.
Esa tarea va de la mano de nuestra decisión de construir la mayoría que nos permita ganar la Presidencia de la República -como ya lo hicimos en 2006- para cambiar a nuestro país de manera pacífica y con una amplia participación ciudadana.
Los triunfos de Ollanta Humala y de Dilma Rousseff, la arrasadora ratificación de Cristina Fernández, nos alientan e inspiran.
El 2012 debe ser el año de la victoria progresista y la instauración de un nuevo proyecto, el de una nación mexicana democrática, soberana, igualitaria y libre. Así es como queremos acompañar a la gran patria latinoamericana.