“Un llamado a opinar con fundamento”, por Carlos Monge Aristegui, Chile

Veo a muchos analistas y líderes de opinión en Chile escribiendo, con total ligereza y sin haberse informado mucho ni como corresponde, sobre la actual coyuntura brasileña. Tienen derecho a hacerlo, obviamente. Eso no está en discusión. Por algo vivimos (por el momento) en democracia. Lo que sí es debatible es que personas sin ninguna experiencia previa en el análisis de la política internacional se arroguen el derecho a emitir opiniones livianas y no fundadas en el conocimiento real de los hechos, con una absoluta autoridad y desparpajo.

Ejemplo: El avance de Jair Bolsonaro y los reivindicadores de la dictadura brasileña de 1964 a 1985 se debería, según estos “opinólogos”, a “la corrupción del PT”, que le habría entregado en bandeja el país al fascismo.

Esta explicación, demasiado simple, por cierto, para un tema que es bastante más complejo que eso, se la escucho decir a diario en las redes sociales y en los medios a amigos y colegas de derecha e izquierda. Y ni siquiera está respaldada en datos factuales. De hecho, hay un “Dossiê do Movimento de Combate a Corrupçao Eleitoral” en Wikipedia, (googlear en la red), que señala que los partidos líderes en políticos con mandatos “cassados” (revocados) por cargos de corrupción son el DEM (equivalente a la UDI chilena), 20,4%; el PMDB, 19,5%; el PSDB, 17,1%. El PT es el noveno, en esta triste estadística, con un 2,9%.

Nadie piensa que puede haber detrás de este fenómeno, del auge del neofascismo, algo mucho más sistémico. Que se han dado en los últimos años cambios tectónicos en la sociedad brasileña con el avance de los cultos neopentocostales sobre la tradicional religión católica y una subsecuente valoración del llamado “esfuerzo propio” antes que los proyectos colectivos y la solidaridad social que estos promueven.

Que ha existido una prensa y un Poder Judicial, extremadamente corporativo y parcializado, que le han cargado más la mano, en el castigo y la exposición de estos hechos, a los políticos de un sector, a la par que se ha sido más indulgentes con otros. Y que un autoritarismo latente, que parecía archivado para siempre en las gavetas de la historia, ha salido del closet para proponer la receta fácil y “vendedora” de meterle bala a todo el mundo, como solución a los grandes problemas de seguridad pública que enfrenta este país.

Junto con eso, y hay que reconocerlo -¿por qué no?, salvo que queramos seguir la política del avestruz, de enterrar la cabeza en la tierra frente a los hechos-, ha habido un proceso real de (ultra) derechización evidente de la base electoral que obedece a una serie de factores -algunos confluyentes y otros no-, pero que, en lo esencial, ha comprado con entusiasmo la teoría de que sólo una mano dura y fuerte conseguirá enderezar (“endireitar” se dice en portugués) al Brasil, llevándolo, como dijo el candidato Bolsonaro, “a 40 o 50 años atrás”.

Frente a todo esto, sólo pido, con humildad, que se opine con fundamento y que se haga el esfuerzo de buscar información equilibrada y equidistante antes de permitirse formular opiniones tajantes y definitivas. No basta la lectura superficial de la revista Veja o revisar los diarios por Internet para declararse “brasileñista”.

He vivido seis años en Brasil, y actualmente estoy cursando un Doctorado en Relaciones Internacionales en Sao Paulo, y pese a mis lecturas y mi experiencia directa en terreno, puedo decir que aún hoy es más lo que ignoro que lo que sé sobre este inmenso país continente.

Carlos Monge Aristegui, periodista.