Rol de las fuerzas políticas respecto a los movimiento …

Contexto histórico y político
La existencia de gobiernos progresistas y de izquierda en varios países latinoamericanos y caribeños ha tenido un impacto indiscutible en el desenvolvimiento de las organizaciones y movimientos sociales de la región; asimismo, se ha producido una reestructuración de las formas de lucha y organización en aquellos países donde aún gobierna la derecha. De esta relación dialéctica se desprende que sin el empuje y presencia de dichos movimientos, resulta impensable el triunfo sobre los sectores conservadores y el imperialismo.
El período de profundización del modelo neoliberal en nuestros países, entrada la década de los 90 del siglo pasado, provocó un auge de la protesta social y con ello la proliferación y reorganización de antiguos y nuevos movimientos populares. Muchos de ellos tenían una fuerte vinculación con fuerzas políticas de izquierda o se transformaron en tales, dada la necesidad de presentar una alternativa electoral ante el colapso de las expresiones políticas que habían implementado el modelo neoliberal, como muchas de las derechas tradicionales.
Transcurrido 10 años o más de estos gobiernos progresistas, es obligado reconocer que en algunos casos los movimientos sociales en estos países experimentan una relativa contracción, perdiendo o confundiendo en numerosos ejemplos su rol a favor de las mejores causas para sus pueblos; en muchos se han reforzado posturas reivindicacionistas, más allá de las que son inherentes.
Estas tendencias negativas han propiciado que las organizaciones sociales sean manipuladas por la derecha y en consecuencia enfrentados a los gobiernos progresistas o de izquierda, desviándose de la orientación clasista de que es el imperialismo su verdadero enemigo y que por el contrario dichos gobiernos son en última instancia una oportunidad para exigir e incluso lograr que se implementen los cambios históricamente reclamados.
Los movimientos sociales en los países donde continuaron gobernando las derechas locales no están exentos de modificaciones, verificándose el surgimiento de nuevas organizaciones o el reimpulso de algunas ya existentes y que habían sido neutralizadas durante el auge del modelo neoliberal. Se destacan el movimiento estudiantil universitario, de pobladores o comunidades y las nuevas formas de expresarse los de base esencialmente agraria, que han logrado condicionar sin precedentes la evolución política de estos lugares.
Esto ha permitido a las fuerzas políticas progresistas y de izquierda que logren una mejor ubicación en las eventuales alianzas electorales que se generan o propician mejores condiciones para una evolución alentadora de los procesos de unidad de dichas fuerzas, empujados por el accionar y radicalidad de los movimientos populares.
Respecto al proceso de integración latinoamericana y caribeña, en estos momentos la incidencia de los movimientos sociales ha sido escasa, salvo la alentadora experiencia de la llamada Articulación Continental de los Movimientos Sociales hacia el ALBA, impulsada con especial dedicación por el MST de Brasil y otras organizaciones populares del Cono Sur y Cuba.
Las fuerzas políticas y el movimiento social
Con demasiada frecuencia los gobiernos encabezados por fuerzas progresistas y de izquierda se ven envueltos en enfrentamientos con muchas de las organizaciones sociales, a pesar de tener proyectos y valores compartidos. En ello han influido varios factores, entre los más relevantes: a) la compleja correlación de fuerzas políticas con la que deben lidiar, que les impide profundizar en los cambios sociales que el movimiento popular espera de “su gobierno”; b) el eventual vaciamiento de los liderazgos de algunas de esas organizaciones, llamados a ocupar responsabilidades estatales lo cual conduce a la reducción o ausencia de coordinación entre los gobernantes y estas organizaciones; y c) la distorsión en los roles que las fuerzas políticas y las estructuras de gobierno asumen en el relacionamiento con las organizaciones sociales, desconociendo su independencia, muchas veces sustituyéndolas.
Para enfrentar esta realidad, las fuerzas y partidos políticos de izquierda y progresistas están llamadas a modificar su modo de actuar y priorizar la atención política a los movimientos sociales. No se trata de afectar la necesaria autonomía de estas organizaciones, de suplantarlas a través de estructuras gubernamentales o buscar neutralizar la natural inclinación a la lucha sectorial.
La tarea es modular y mejorar la labor política, ideológica y de influencia auspiciando que los movimientos sociales sean el soporte de la movilización popular a favor de los cambios, espacio para el debate y análisis de la realidad, así como el marco donde se expresan y exigen las transformaciones más radicales e incluso la motivación o razón para implementarlos.
La historia demuestra fehacientemente que medidas o propuestas de amplio apoyo popular condicionan el apoyo político de las organizaciones sociales a las fuerzas que gobiernan o buscan gobernar en su nombre; por el contrario, es lógico esperar más cuestionamientos desde éstas cuando las decisiones las desconocen, se quedan a medias o intentan conciliar hasta el infinito las contradicciones de clase.
Las fuerzas políticas deben coordinar y convocar a las organizaciones sociales de la región a participar en el desarrollo del proceso de integración latinoamericano y caribeño, convirtiendo esa causa en una de sus principales reivindicaciones políticas. Hay que partir de dos principios. Primero: sólo el desarrollo de este proceso integracionista garantiza la autodeterminación y la soberanía nacional de nuestros países, lo cual constituye condición insoslayable para que se respeten y resuelvan las exigencias justas de estas organizaciones. Segundo: una vez que nuestros pueblos hagan suya la bandera de la integración genuinamente nuestra americana, este proceso será realmente irreversible.
Ante la evidente contraofensiva del imperialismo y las oligarquías locales contra los gobiernos y expresiones políticas de izquierda o progresistas, resulta vital que se trabaje por favorecer cada vez más el encuentro necesario y estratégico entre los movimientos sociales, los partidos políticos de izquierda y los gobiernos progresistas, buscando una verdadera articulación. Son más los puntos de identidad y de lucha por intereses comunes, que aquellos asuntos que los confrontan. Sólo unidos se podrá enfrentar el reto de transformar la realidad en función de los intereses de nuestros pueblos.