En Brasil, este 31 de agosto de 2016, el Senado de la República ha consumado el Golpe de Estado Parlamentario. Es un golpe a la democracia y una agresión en contra de la legítima Presidenta Dilma Rousseff, quien de esta manera es suspendida en sus funciones de manera definitiva. Es un atentado contra la voluntad popular expresada en más de 54 millones de votos. Es despojada de la Presidencia, pese a no tener responsabilidad alguna por los cargos
imputados.

Desde México, me pronuncio en contra de esta burda maniobra, pues la misma, además de afectar profundamente la vida millones de hombres y mujeres que requieren del mantenimiento, la ampliación y progresividad de los derechos y las políticas públicas, se ha roto la institucionalidad democrática, pues no se trata de un simple cambio de Titular en la Presidencia brasileña, y sí en cambio, es la usurpación de los destinos de Brasil por una parte de la clase política, el poder judicial y el apoyo de una prensa que ha hecho una campaña sucia y denigrante, todo por el poder a cualquier costo.
Bastaron 61 votos del Pleno del Senado para que la destitución de la Presidenta Rousseff fuese declarada definitiva y el Presidente interino, Michel Temer, quien traicionara la Coalición de Gobierno, en acuerdo con políticos de derecha, festejó esa decisión junto con el Presidente del Tribunal Supremo, Ricardo Lewandowski, quien dirigió el proceso de juicio y que responde a la misma estrategia usada para atacar a Dilma durante la campaña presidencial.
Es claro que tanto el Senado como el poder judicial de Brasil desoyeron las millones de voces del pueblo brasileño que reconoce en Dilma a su legítima Presidenta y desoyeron también las voces de distintos Gobiernos nacionales, Organismos Regionales y la comunidad internacional, y sobre todo, desoyeron lo que Dilma dijera este 29 de agosto de 2016, cuando con gran prestancia, brindó al Senado de su país, su propia defensa ante el juicio político al que la han sometido, su respaldo es el pueblo que la apoya y que votó mayoritariamente para elegirla como Presidenta, así como la probidad de su persona y la transparencia en su ejercicio de gobierno.
Como ella misma lo ha dicho, las acusaciones en su contra han sido infundadas, además, de no haber sido demostradas, por tanto carecen de valores. Al inicio de su intervención dijo: “Sé que seré juzgada, pero mi conciencia está limpia. No he cometido delito […] no puedo sino sentir la amargura de la injusticia de este proceso”.
Durante su defensa, Dilma Rousseff sostuvo que a principios de 2015 la oposición en el Congreso empezó a generar un clima de inestabilidad al negarse a negociar y arrojar “bombas fiscales” en momentos que disminuía la recaudación, lo que exacerbó la recesión en la economía más grande del continente.
Calificó de usurpador al Presidente interino Michel Temer, quien fungiera como Vicepresidente de su Gobierno, pues en Brasil, en sus palabras, el pueblo no hubiera votado por un hombre que formó (en mayo cuando asumió el interinato) un gabinete exclusivamente de hombres blancos en un país en que más del 50% de la población no es blanca y sin que muestre la diversidad existente en ese país, además de enfrentar las acusaciones de corrupción, las cuales han llevado a que en menos de tres meses, tuvieran que renunciar tres de sus Ministros por la misma acusación.
El proceso contra Dilma Roussef, ha estado plagado, desde el inicio, por acciones que va desde la grosera y sexista campaña por el sólo hecho de ser mujer, hasta promover un “impeachment” con la única finalidad de consumar un Golpe de Estado parlamentario.
Como he sostenido en otras ocasiones, en Brasil, está en juego la democracia. Está en juego la institucionalidad democrática y el futuro de Brasil como una nación democrática, por ello y porque este proceso está viciado de origen, al haber sido promovido por Eduardo Cunha, el ex Presidente de la Cámara Baja, quien fue acusado de corrupción, además de tratar de “extorsionar” a Dilma para que el Partido de los Trabajadores votara contra una investigación en su contra por faltas éticas.
Reconozco en Dilma a una mujer de gran honestidad a lo largo de su trayectoria como mujer de lucha, por ello, coincido cuando dijo que era una “ironía de la historia” que gente acusada de crímenes graves la juzgara por crímenes que no cometió.
Dilma Rousseff es una mujer comprometida, así juró defender y cumplir la Constitución para sustentar la unión y la independencia de Brasil, en consecuencia ha actuado conforme a derecho y ha sido intransigente en la defensa de la democracia.

Mi solidaridad plena con la Presidenta Dilma Rousseff.
C. Senadora Dolores Padierna Luna
Vice Coordinadora del Grupo Parlamentario
Partido de la Revolución Democrática