El 1 de junio recién pasado la gestión del presidente Salvador Sánchez Cerén cumplió tres años. También se cumplen ocho años del día en que el pueblo salvadoreño colocó al frente del Ejecutivo, por primera vez en la historia, a un gobernante bajo la bandera del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMLN.
En estos ocho años nuestra nación y nuestro pueblo ha vivido cambios de una trascendencia tan grande como el ocultamiento que de ello hace la derecha oligárquica a base de mentiras, engaños, falsas informaciones y medias verdades.
Al llegar el FMLN al gobierno, la economía del país, agotada por un esquema neoliberal fracasado, mostraba crecimiento negativo (-3.1%).  Desde entonces el crecimiento económico muestra un ritmo constante que actualmente ronda el 2.4% del PIB, registramos aumento en los empleos, una reducción de los precios de la canasta básica, mejoras sustanciales en el salario mínimo.
Hoy hacemos mejor uso de la riqueza nacional, desarrollamos nuevas fuentes de energía, contabilizamos un impresionante número de obras viales y de infraestructura, políticas claras de prevención ante la vulnerabilidad de nuestro territorio (precisamente donde habitan las familias más desposeídas).
Los cambios, evidentes para las mayorías históricamente excluidas, especialmente en el área rural, lo son también para los sectores urbanos empobrecidos y empujados a la miseria por 20 años de salvaje neoliberalismo.
Hoy se entiende mejor por qué los dineros públicos no llegaban a la gente, por qué no era posible garantizar, como lo hacen los gobiernos del FMLN desde 2009 a la fecha, el vaso de leche en las escuelas, los uniformes escolares, los útiles a los niños, la entrega de títulos de propiedad de la tierra a campesinos pobres que esperaron décadas para tenerlos, sin que nadie los escuchara. Por supuesto,  tampoco había dinero para  legalizar las viviendas localizadas en zonas de vías férreas en desuso, ni para entregar sin ningún tipo de sesgo partidario, las semillas y abonos necesarios para que el campesino pueda asegurar su cosecha.
Todo esto y mucho más se ha logrado porque ya no desaparecen los fondos públicos en cuentas secretas utilizadas a placer por el partido Arena para financiar a sus socios, promover campañas electorales, controlar los medios, comprar voluntades.
Las políticas de transparencia iniciaron con el primer gobierno del FMLN, y junto con ellas llegaron las denuncias de casos de corrupción cometidos durante cada una de las cuatro administraciones areneras. Así se supo lo que había venido sucediendo en el ministerio de Gobernación, en el ministerio de Obras Públicas, y en tantas otras oficinas. Todo se entregó a la Fiscalía General de la República, y aún se espera que esa oficina se digne apurar las investigaciones. Y ¿qué decir del emblemático “caso Francisco Flores-donaciones de Taiwán”?
Las recientes revelaciones de medios digitales acerca de supuestos libros con información de transferencias y depósitos bancarios, con números de cheques y de cuentas, con nombres de beneficiarios, abren al menos un enorme campo para la investigación fiscal o judicial. Si la justicia, ya cuestionada por su evidente parcialidad, demuestra una vez más su inoperancia cuando se trata de acusar “a los suyos”, puede perder el poco respeto que la sociedad aún le guarda.
Jamás un gobierno arenero habló de transparencia, se sometió al escrutinio público, abrió puertas y ventanas para que el pueblo supiera como se utilizan los fondos recaudados a través de impuestos, préstamos o donaciones. Eso solo podía ocurrir y ocurrió con la llegada del FMLN al Ejecutivo.
Un rápido repaso a los 8 años de gobierno del pueblo, nos recuerda que ya no volvimos a tener que pagar para que nos atiendan en los hospitales públicos, pues se removió la mal llamada “cuota voluntaria”; se implementó una profunda reforma de salud, se construyeron nuevos hospitales, como el Hospital de la Mujer, cuyos recursos se robaron las administraciones anteriores; o el hospital de La Unión.
En 2009 se encontraban en construcción los hospitales de Zacatecoluca, Usulután, San Miguel y San Vicente. Hoy todos esos centros de salud están terminados y entregados a la ciudadanía. Al mismo tiempo, al asumir Mauricio Funes en 2009, el país contaba con 377 unidades comunitarias de Salud; hoy el pueblo salvadoreño cuenta con 750 unidades; es decir que se construyeron o implementaron 373. El Salvador dispone de 402 hospitales entre centros de primer y tercer nivel. Lo anterior representa una inversión de 401 millones de dólares en infraestructura.
La proliferación de Equipos Comunitarios de Salud (ECOS) familiares, elementos centrales de un moderno modelo de salud integral, que nos ha colocado en el liderato continental en aspectos de salud como la materno-infantil, no son habitualmente destacados por los medios de derecha que, sin embargo, hacen eje en las necesidades, pero no registran las causas de las mismas: el despojo sistemático del neoliberalismo, la corrupción de aquellos años y el actual bloqueo a las finanzas públicas, por el primer partido de la oposición y por la Sala de lo Constitucional.
Por primera vez en la historia de El Salvador, la política de género se convirtió en una política estatal transversal, cuyo símbolo más emblemático son las seis sedes de Ciudad Mujer. Sus programas son hoy emulados y reconocidos en el mundo. El programa lleva atendidas casi 1.5 millones de mujeres, y brindado más de 4 millones de servicios a las usuarias.
La reforma educativa y los programas a favor de la infancia, la juventud y la adolescencia se enmarcan en la generación de oportunidades para esos sectores y para la familia salvadoreña, en un contexto de lucha constante por superar una de las herencias más profundas del modelo neoliberal: las diversas formas de violencia que aún sigue azotando a nuestra sociedad, pero que en los últimos tres años, enmarcados en el Plan El Salvador Seguro, dan muestras claras de evolucionar favorablemente, con una dramática reducción de los homicidios y otro tipo de delitos.
Nada de esto es suficiente, porque venimos recuperando al país del enorme atraso en que nos dejó el neoliberalismo. Por eso es necesario continuar y redoblar los esfuerzos para profundizar los cambios, avanzando en las transformaciones estructurales que nuestra patria demanda. Y eso solo puede hacerlo un gobierno atento a las necesidades del pueblo. Un gobierno del FMLN.
Por eso debemos seguir superando los bloqueos y sabotajes a la economía y al desarrollo. Combatir con fuerza la evasión fiscal, la elusión y el contrabando que se roba los dineros del pueblo. Pero, por sobre todas las cosas, debemos construir con el pueblo una inviolable muralla de conciencia, memoria y dignidad, que impida volver a gobernar a aquellos que nos dejaron en la ruina como país.
Hoy más que nunca, la consigna de Arena Nunca Más debe ser nuestro lema para unir a todas las fuerzas del país, a los hombres y mujeres honestas y trabajadoras detrás de la construcción de un El Salvador cada vez más unido, educado, próspero y seguro. Esa consigna debe llevarnos juntos, gobierno y pueblo, a la conquista victoriosa de las batallas electorales del año próximo. Asegurar una sustancial mayoría parlamentaria para el pueblo, limitando al máximo la presencia de Arena y sus cómplices, será la tarea inmediata de nuestro pueblo y nuestra militancia, para romper las trabas que desde el parlamento la oligarquía impone a la economía, ahogando las finanzas para tratar de impedir que nuestro pueblo siga avanzando.