Nils CastroEl panameño habla del líder bolivariano y de la responsabilidad que le cabe ahora a su sucesor, Maduro.

Por María Sucarrat

Nils Castro es panameño, autor de Las izquierdas latinoamericanas en tiempos de crear, y aquí analiza el futuro de la región tras la desaparición física de Hugo Chávez Frías.

–¿Conoció a Chávez? ¿Conoce a Nicolás Maduro?

–Tuve el privilegio de conocer a Chávez y conozco al presidente Maduro.
–¿En qué circunstancias?
–A Chávez, recién salido de la cárcel. Visitó Panamá, acompañado de un grupo de profesores de la Universidad Central de Venezuela, con el interés de informarse sobre el general Omar Torrijos, sus formas de pensar y relacionarse con la gente para impulsar la transformación del país. Fue una conversación de enorme riqueza. Al presidente Maduro lo conocí varios años después, cuando empezaba a desempeñarse como canciller.
–¿Cuál es su impresión sobre ellos?
–Fue fácil hacer amistad con ambos, por su campechana sencillez, su capacidad para escuchar y sus virtudes de comunicadores. Dos personalidades idealistas y fogosas pero transparentes, casi candorosas. Aun así, dos estilos personales diferentes.
–¿Será Maduro el sucesor de Chávez?
–Seguramente. La adhesión popular es enorme y se extiende bastante más allá del chavismo.
–Chávez pasó por el Colegio Militar. Maduro trabajaba como chofer de ómnibus. ¿Cree que ese pasado le dará otra impronta a su gobierno si gana las elecciones, digamos, de naturaleza más sindical, por ejemplo?
–En América Latina ya había una tradición de militares nacionalistas, progresistas y democráticos o populares: Cárdenas, Prestes, Perón, Larrazábal, Velasco, Torres, Torrijos, Caamaño, Seregni, entre otros ejemplos. Maduro no fue sólo chofer, sino un importante líder sindical. Además, un hombre culto, como también Chávez lo era. Naturalmente, cada liderazgo político aporta su estilo personal. Más allá de esta coyuntura, con el tiempo Maduro aportará el suyo y, aunque su inspirador y maestro ha sido Chávez, a la postre su talante sereno pero firme también se hará sentir. Hoy, más que al movimiento sindical, Maduro representa a los ciudadanos de a pie.
–¿Venezuela fue la gestora en la integración de Latinoamérica? ¿Le cabe ese rol?
–Chávez quebró un viejo muro y cambió el modo de hacer política, en su país y en la región. Fue lo que los afroantillanos llaman un “abrecaminos”. Sin duda, su coraje para replantear los temas y actuar en consecuencia facilitó que otros líderes latinoamericanos poco después pudieran desarrollar sus propios trayectos. Venezuela ha sido una importante gestora de la solidaridad y la integración latinoamericanas. Y continuará siéndolo. Con todo, este ha sido un rol fraternalmente compartido con otros actores, como Lula y Néstor Kirchner, el primer secretario de la Unasur.
–¿Cree que las próximas elecciones se darán en un clima similar a las que Chávez ganó el pasado 7 de octubre con más del 50% de los votos?
–Todo indica que Maduro triunfará con una ventaja mayor, puesto que la situación le aportará una masa adicional de votos, puesto que esa victoria no será sólo chavista sino una jornada popular de reafirmación de la nueva autoestima nacional. Porque en Venezuela ha surgido un nuevo país y ya no se podrá volver a meter ese inmenso genio en la vieja botella.
–Henrique Capriles, el rival de Maduro, ¿tiene chances de triunfar?
–Capriles vuelve no sólo como un candidato derrotado, sino huérfano de proyecto. No porque perdió frente a Chávez sino porque ya no representa a toda la oposición, ni mucho menos un consenso. Perdió cuando intentaba representar un proyecto alterno, pero ya ni eso; se ha reducido a una negatividad, la de ir contra el nuevo país.
–¿Y cómo influiría el triunfo de Capriles en Latinoamérica?
–Toda la gran prensa derechista mundial conspira por conseguirlo. Para Venezuela, sería como saltar a un pasado ya muerto. Para América Latina sería atentar contra la autodeterminación, la soberanía y el espíritu de cuerpo últimamente recuperados.
–¿Cómo hace Venezuela y la región para estar sin los líderes que instalaron el proceso revolucionario?
–Los liderazgos populares y revolucionarios deben producir sus propias generaciones de relevo. Ninguna dirigencia personal perdura indefinidamente, como es histórica y biológicamente natural. Así lo estamos viendo en Brasil, en Cuba, en Uruguay y ahora en Venezuela. Lo que importa es la claridad de objetivos del movimiento popular y su fuerza, no sólo el liderazgo fundador sino su poder de recrearse dentro de las siguientes generaciones, para asumir y superar los nuevos retos.
–Chávez, en su Libro Azul, dice “inventamos o erramos”. Usted cita a Martí diciendo “la salvación es crear. Crear es la palabra de pase de generación”. ¿Encuentra alguna similitud entre ambas frases, cree que el proceso venezolano es una creación que rompe con los modelos europeos y trabaja sobre uno nuevo, propio, latinoamericano?
–Ahora hay varias experiencias latinoamericanas que superan los gastados modelos foráneos. Esto conjuga distintos esfuerzos emancipadores y creativos, cada uno apropiado a sus propias realidades y posibilidades, como José Martí lo advirtió. Venezuela así lo demuestra, y las otras experiencias también. Lo importante no es sólo que cada una de ellas tenga un atrayente horizonte utópico, sino que además sepa articular una sostenibilidad de largo aliento, arraigada en las principales fuerzas populares.
–¿Puede medir qué peso real tiene la derecha en Venezuela? ¿Qué ocurriría con el proceso iniciado por Chávez de ganar Carriles?
–Hay que distinguir entre la derecha y la burguesía. La derecha venezolana está tradicionalmente ligada a un gran poder económico y mediático, y conserva cierta influencia cultural en determinados nichos sociales. Pero carece de un proyecto de desarrollo económico y social; a su discurso apenas le queda un rastro de viejos lugares comunes. Como barco sin brújula, si lograse acceder al gobierno llevaría al país a un caos que tampoco a la burguesía le interesa. Antes bien, la burguesía venezolana tiene la oportunidad de ser parte del proyecto de desarrollo que el proceso revolucionario le ofrece al país. Pero no la burguesía rentista y parasitaria, sino el sector productivo, socialmente responsable, que ahora puede aprovechar un mercado interno ampliado, una fuerza de trabajo mejor educada y crecientes opciones de exportación.
–Sacando el proceso cubano, ¿cree que lo ocurrido en Venezuela se acerca a lo que usted llama “producir el futuro”?
–Así es. Pero eso no sólo ocurre en Venezuela, sino en varias latitudes latinoamericanas y caribeñas, donde también avanza lo que Correa denomina la revolución ciudadana. Producir el futuro implica un conjunto de alternativas que deben ser responsablemente estudiadas y evaluadas, para prever las opciones históricamente más significativas. En esta última etapa, en varios países las izquierdas han sabido aprovechar las oportunidades en beneficio del interés popular. No obstante, producir el futuro asimismo exige investigar y prever con criterios propios, que deben ser objetivamente acertados, y en este aspecto debemos redoblar el paso. Eso igualmente exige un extraordinario temple moral, dado que las vocaciones de izquierda se deben a grandes imperativos éticos y sociales que las hacen coincidir con el auténtico cristianismo. El futuro de nuestra América no lo produce nadie más que nosotros mismos, y eso exige la mejor inversión de nuestros talentos, virtudes y esfuerzos. «