Intervención de la senadora Gloria Inés Ramírez Río …

Gloria InesCompañeras y compañeros:
Les presento un saludo fraternal y caluroso al señor Embajador y a los demás integrantes del cuerpo diplomático de la República Bolivariana de Venezuela en nuestro país, así como a todas y todos los participantes en este acto de solidaridad y hermandad entre los pueblos de Venezuela y Colombia.
Las últimas semanas han sido abundantes en malas noticias para Colombia, para Venezuela y para América Latina y El Caribe, y de todas ellas ha sido protagonista principal el gobierno de nuestro país.
El lanzamiento a la llamada Alianza del Pacífico, el anuncio del interés del gobierno en ingresar a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico OCDE y de hacer parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte OTAN, la presencia en Colombia del Vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, y la reunión del Presidente Santos con el ex candidato presidencial de la derecha venezolana, Henrique Capriles, son demasiados hechos en tan poco tiempo y tienen un significado tan trascendental que resulta imposible atribuirlos a la simple coincidencia y, mucho menos, restarles gravedad. Tampoco es por casualidad que en todos los casos fue manifiesto el beneplácito del gobierno norteamericano.
Aunque el gobierno colombiano ha buscado apaciguar los ánimos con declaraciones conciliadoras, la situación es inquietante. En efecto, La Alianza del Pacífico, que hasta ahora cuenta con la presencia de Colombia, Chile, México y Perú, está en vías de vincular a Costa Rica y Panamá, cuyos gobiernos han manifestado interés al respecto. El verdadero fondo de esta iniciativa es torpedear los procesos integracionistas independientes, como MERCOSUR, UNASUR, ALBA y CELAC, que han venido abriéndose paso como alternativas a los planes de dominación y explotación de nuestro hemisferio por parte de Estados Unidos. Lo mismo puede decirse de la OCDE, que es un organismo de las grandes potencias capitalistas que, bajo la cobertura de una supuesta cooperación para el desarrollo económico, imponen el neoliberalismo y las demás políticas imperialistas que tantos daños les han causado a nuestros pueblos.
En cuanto a la OTAN, bien sabemos que fue creada para enfrentar la llamada “amenaza soviética” y que durante muchos años fue el principal instrumento de la “guerra fría”. Dentro de su largo historial de agresiones militares a países soberanos y de violaciones a los derechos humanos están la invasión de Yugoslavia en 1999 con el pretexto de proteger a la población de Kosovo de la limpieza étnica; la participación, bajo la cobertura de la ONU, en la invasión de Irak por parte del ejército norteamericano; la invasión de Afganistán en el año 2006 y la criminal agresión militar contra Libia, en donde durante varios meses descargó un inclemente bombardeo que arrasó ciudades enteras y causó incontables víctimas.
En síntesis, ni una sola de estas iniciativas de Santos entraña beneficio alguno para Colombia. Al tiempo que la mayoría de los países del hemisferio adelanta políticas orientadas a lograr su segunda y definitiva independencia, el régimen dominante en Colombia, marchando en contravía de la tendencia histórica, se somete cada vez más a los dictados de las potencias imperialistas.
No hay que llamarse a engaños. Lo que está en marcha es un plan del imperialismo y de las fuerzas más recalcitrantes de la derecha para deslegitimar y desestabilizar los gobiernos progresistas y de izquierda de América Latina y El Caribe, con miras a recuperar el terreno perdido en lo que los imperialistas gringos consideran su “patio trasero”.
De ese plan, que viene desde tiempo atrás, hacen parte la proliferación de bases militares norteamericanas en nuestra región, al despliegue de la IV Flota en el Mar Caribe, el fallido golpe de Estado contra el Presidente Hugo Chávez, el golpe militar que derrocó al Presidente Manuel Zelaya, en Honduras; la rebelión policial contra el Presidente de Ecuador, Rafael Correa; la destitución arbitraria del Presidente Fernando Lugo, en Paraguay¸ la permanente hostilidad contra los gobiernos de Cuba, Nicaragua, Bolivia y todos los que se apartan de las políticas del imperio y un sinnúmero de hechos que atentan contra la soberanía y la democracia latinoamericana y caribeña.
Es evidente que la Revolución Bolivariana de Venezuela se ha convertido en el blanco principal de la conjura contra los avances libertarios e independentistas de Nuestra América. Mientras el capitalismo se debate en una profunda crisis que multiplica el desempleo, la pobreza y los problemas económicos y sociales a lo largo y ancho del mundo, los países latinoamericanos regidos por gobiernos progresistas y de izquierda muestran un balance positivo en la construcción de sociedades más justas y democráticas y señalan caminos alternativos que a las fuerzas retardatarias les resultan intolerables. Pretenden, entonces, impedir a toda costa que el ejemplo se extienda y se fortalezca.
Como lo hemos destacado en otras ocasiones, durante el corto tiempo que lleva la Revolución Bolivariana la pobreza en Venezuela disminuyó entre 1998 y 2011 del 43.9% al 26.7% y la miseria del 17.6% al 7%, la mortalidad infantil se redujo en un 34%, el analfabetismo fue prácticamente erradicado y las Naciones Unidas reconocen que es uno de los países que más ha avanzado en el cumplimiento de las metas de desarrollo del mileno, todo ello gracias a que la salud, la educación, la vivienda, la provisión de alimentos y los demás bienes y servicios están al alcance de la población y no son simples mercancías para el lucro de los negociantes.
Tenemos la certeza de que problemas como el desabastecimiento de algunos productos, que es explotado hasta el cansancio por la prensa reaccionaria, ocultando que en muchos casos se debe al sabotaje de la derecha, serán resueltos pronta y satisfactoriamente.
Ni el imperialismo ni la derecha le perdonan a la Revolución Bolivariana la adopción de medidas para proteger los recursos naturales, la nacionalización del petróleo, de buena parte de la banca y de varias empresas de especial importancia para el desarrollo nacional. Estos hechos los consideran atentados insoportables contra la sacrosanta propiedad privada y contra los dogmas neoliberales.
Tampoco son capaces de aceptar que América Latina y El Caribe se sacudan el tutelaje de Estados Unidos y opten por crear sus propios organismos de unidad e integración. Por eso, conspiran para dar al traste con PETROCARIBE, ALBA, UNASUR, CELAC, el Banco del Sur y las demás iniciativas de las que fue artífice el inolvidable Comandante Hugo Chávez. Aspiran a mantener su dominio eterno e inalterable para asegurar mercados para las empresas transnacionales, expoliar los recursos naturales y explotar el trabajo de muchos pueblos.
Las realizaciones materiales y los avances políticos y sociales del gobierno del Comandante Chávez son incuestionables; sin embargo, su mejor legado es haber despertado la conciencia de los venezolanos y latinoamericanos de que nuestros males no son una fatalidad histórica irremediable, que el respeto de nuestros derechos es posible si luchamos unidos, que mientras el capitalismo se hunde en la crisis, nuestros anhelos de una sociedad sin explotadores ni explotados se fortalecen cada día como alternativas reales para resolver los problemas de la humanidad.
Estas son las razones que están en el fondo del giro negativo y provocador que ha dado el gobierno colombiano en sus relaciones con Venezuela, que llevó al Presidente Santos hasta el extremo de reunirse con el jefe de la conspiración, el ex candidato de la derecha, Henrique Capriles. Lo que está de por medio no es el ejercicio de la autonomía del gobierno en sus relaciones internacionales, ni se trata simplemente de “malos entendidos”,como lo afirmó el Presidente Santos. Lo que queda claro es que el gobierno de Colombia no es ajeno a los planes contra la Revolución Bolivariana, y en esa tarea coincide con Uribe Vélez y con la ultraderecha de nuestro país.
Henrique Capriles es un personaje siniestro que en su juventud estuvo vinculado a organizaciones fascistas, que participó activamente en el fracasado golpe contra el Presidente Hugo Chávez e hizo parte de las hordas que en esa ocasión asaltaron la Embajada de Cuba en Caracas y que azuzó los hechos violentos que se presentaron en Venezuela entre el 14 y 19 de abril, el término de las elecciones, con saldo de varios muertos, entre ellos algunos reconocidos militantes revolucionarios. Durante la campaña electoral se dedicó a crear toda clase de dudas sobre la transparencia del proceso y a sembrar la idea de que si no triunfaba era debido al fraude; se negó a suscribir el compromiso de respetar los resultados electorales y una vez realizados los escrutinios desconoció el triunfo de Nicolás Maduro y se dedicó a deslegitimar y desestabilizar al nuevo gobierno. El Consejo Nacional Electoral de Venezuela ha entregado recientemente el resultado final de la auditoría realizada a los resultados de las elecciones y ha ratificado que las cifras ya conocidas son correctas, pero, por supuesto, esto no cambiará en nada los planes de los conspiradores, porque para ellos, independientemente de cuál fuera la decisión de los ciudadanos, el único resultado aceptable era el triunfo de su candidato.
Para nosotros, no hay ninguna duda de que la elección del compañero Nicolás Maduro Moros fue completamente transparente, lo reconocemos como el Presidente legítimo de la República Bolivariana de Venezuela y le ofrecemos a él y a su gobierno nuestra más firme solidaridad.
Como colombianos que hemos luchado largamente por la salida negociada al conflicto interno de nuestro país, le debemos una inmensa gratitud al Comandante Chávez por el papel decisivo que cumplió para que fueran posibles las conversaciones que se adelantan en La Habana entre el Gobierno Nacional y las FARC-EP. Valoramos altamente el acompañamiento del gobierno venezolano y esperamos que, por encima de las dificultades surgidas, continúe en esa noble tarea, porque la paz es parte fundamental de la política de los revolucionarios. De ahí que no es extraño que quienes en Colombia sabotean el proceso de paz son los mismos que respaldan la conspiración contra el gobierno legítimo de Venezuela.
La Revolución Bolivariana ha dejado de ser patrimonio exclusivo de los venezolanos y se ha convertido en patrimonio de los revolucionarios y de las fuerzas progresistas y de izquierda de Nuestra América y del mundo. Por consiguiente, tenemos toda la convicción y toda la decisión de hacer parte del Movimiento Mundial de Solidaridad con la Revolución Bolivariana, para avanzar en la unidad de nuestros pueblos, para construir sociedades más justas y democráticas y para lograr entre todos y todas nuestra segunda y definitiva independencia.
Bogotá, D.C., 15 de junio de 2013