Colombia al centro de la militarizacion continental de …

XV Encuentro del Foro de Sao Paulo

 Pronunciamiento del P.D.A.

La zanahoria y el garrote, siempre con énfasis en el garrote, regresan como la principal estrategia imperial de Estados Unidos frente a Latinoamérica y El Caribe. Desde la repotenciación de la IV Flota en el 2007 para su acción directa en la región, hasta la multiplicación por siete de la base de Manta en su traslado al territorio colombiano, lo que va quedando claro es que la política de Estado en materia de seguridad y lucha contra el terrorismo, tendrá con Obama cambios de forma, pero no de fondo.
La forma clandestina como se realizó esta negociación de la soberanía y la paz colombiana, a espaldas del Congreso, el pueblo y los países del continente, deja claro que la “nueva” y anunciada “cooperación y entendimiento” prometidos por el presidente Obama en la reciente Cumbre de las Américas, quedó simplemente en la superficie. Al menos en lo que a Colombia y la región andina se refiere.
Su vergonzante papel en el reciente golpe militar en Honduras, muestra que el llamado “poder suave” se basa en priorizar la invisibilización y ocultamiento de sus verdaderas intenciones, que un cambio de su política militar injerencista. La razón es clara aunque no justa, Tienen el mayor ejército del mundo con el mayor arsenal atómico de la historia, y con el más poderoso complejo económico-militar insertado como locomotora de la economía neoliberal.; Sin embargo, todo ese poder acumulado no pudo impedir que hoy recorran el continente gobiernos no funcionales a sus intereses y que reivindican la soberanía sobre sus territorios y proyectos de transformación económica y social.
Por su ubicación geográfica y su papel de territorio de tránsito hacia Estados Unidos del petróleo Venezolano y la energía de Sudamérica, Colombia se asemeja a Afganistán; pero por su papel histórico como ficha clave del imperio frente a un continente que ya no controlan tan fácilmente, se parece a Israel. Ambas similitudes nos pronostican espacios y ejercicios de la política continuadores por otra forma de la guerra, y no lo contrario. No por casualidad los acuerdos en temas de seguridad con el gobierno terrorista de Israel, han tenido un desarrollo inusitado. Esta espacialidad, que incluye nuestras riquezas mineras en carbón y oro y los más grandes acuíferos del mundo aún no mercantilizados, es determinante en un mercado mundial globalizado e interconectado. Por eso, así como la base militar norteamericana en Honduras les garantiza a las transnacionales el control sobre los megaproyectos de transporte del Plan Puebla-Panamá, las siete bases en Colombia les garantizan una plataforma militar en un territorio estratégico para la competencia multipolar, además del permanente espionaje, conspiración y provocación contra otros países, en particular frente a Venezuela, Ecuador y Brasil.
Esta ampliación, por la vía directa, del sentido guerrerista del Plan Colombia, donde las armas, aviones y tecnologías no quedan ni quedarán en manos del ejército colombiano, se soporta en dos pilares que la validan. La principal es la lucha contra el narcotráfico, de la cual son el principal beneficiario y el pueblo colombiano su mayor víctima. La segunda, es la lucha contra el terrorismo en el marco del histórico y degradado conflicto armado colombiano, que ha permitido que los mandos de las fuerzas armadas colombianas, en aras del triunfo militar, hayan dejado a un lado su sentido patriótico y la defensa de la soberanía nacional. Algo que no sucede con ejércitos como el de Brasil, Venezuela y Ecuador, sin que eso implique necesariamente que respeten permanentemente los mandatos democráticos del Estado Social de Derecho.
Genera asombro la respuesta del presidente Obama cuando frente a las críticas generalizadas en el continente por este crecimiento de la injerencia militar extranjera en el continente, declare que no entiende que unos le pidan una mayor intervención y otros se quejen cuando intervienen. Cómo si no supiera diferenciar entre el tipo de intervención que permite avanzar en un desarrollo humano común, y la intervención represiva y militarista que acaba con la democracia, las vidas humanas y la naturaleza.
Por eso tal vez se explica su débil objeción contra la reelección del presidente Uribe, ad portas de la firma de esta ampliación de los tratados militares. Para uno cosa dicen respetar las decisiones soberanas, se autodenominan defensores de la democracia sosteniendo solos y aislados en el mundo su bloqueo contra Cuba; y para otras imponen sus designios en forma autoritaria y montados en gobiernos de los cuales conocen todo su historial “nada santo” por boca de los jefes paramilitares extraditados, pero lo mantienen oculto para controlarlos e imponer estas contraprestaciones a cambio de su silencio. Vale recordar que en estos contextos de imposiciones antidemocráticas, es cuando más progresan las mafias y los autoritarismos, ya que simplemente se convierten en réplicas locales de las políticas imperialistas.
En los hechos Colombia nuevamente se convierte en un Estado destinado a la desestabilización de la región y el continente, dispuesto a permitir que su territorio sea utilizado agresivamente contra pueblos hermanos y vecinos. “La cultura del terrorismo”, como analiza Chomsky, se aplica nuevamente y se extiende a pueblos y gobiernos legítimos, ahora apoyándose en el conflicto armado colombiano y la lucha contra el narcotráfico.
Para el PDA esta situación es gravísima dado que afecta y afectará la integración regional, las opciones democráticas y la economía de nuestro país. Con las giras iniciadas para explicar nuestra valoración a los gobiernos de América y Europa, buscamos poner en evidencia la gravedad de la coyuntura colombiana y regional. Hemos dado nuestro apoyo a las gestiones de la UNASUR para controlar esta agresión a nuestra soberanía que se extiende a las soberanías de otros Estados. Hemos mostrado que las políticas guerreristas desinteresadas de toda solución política del conflicto armado, va en consonancia con estos intereses imperiales de Estados Unidos.
Frente al fracaso de las políticas represivas antinarcóticos y de sus devastadoras fumigaciones, no podrían siquiera validarse estas 7 bases militares, y menos aún si estuviéramos en momentos de superación del conflicto armado, algo que es posible de realizar por una vía no militarista. De allí que exigir del gobierno colombiano la superación de un conflicto que justifica las presencias de tropas extranjeras, es una bandera de acción fundamental para la UNASUR y todos los gobiernos del mundo que apuestan a la paz. Si alcanzamos la paz con tierra para los campesinos hoy desplazados por millones, será de buenos entendedores el que no necesitamos de bases ni de gastos militares, ni de la producción de narcóticos, sino de pan, trabajo, cultura propia y vida digna.
 Polo Democratico Alternativo
 Colombia
 Agosto de 2009