Olvidemos lo aprendido. Hacia un proceso emancipatorio de transformación genérica.

Informe de la Secretaría de Igualdad de Géneros del Movimiento Nacional por la Esperanza, México

La lucha por la igualdad de género se ha traducido, de forma aguda en los últimos años, en la creciente participación política, social y estratégica de miles de mujeres en todo el mundo. Teniendo como objetivo común la democratización de lo público y el cumplimiento a cabalidad de nuestros derechos, son y serán muchos los esfuerzos para trascender el capitalismo y las prácticas patriarcales que nos han reducido a una desigualdad desmedida.

En este sentido, los movimientos feministas han sido parte fundamental en las luchas y los logros de las mujeres, incluso las sociedades y las mujeres caracterizadas por culturas conservadoras y tradicionales, a la larga se han visto favorecidas por los logros de las feministas, esto es, de la teoría y la práctica de las mujeres por lograr su liberación y la igualdad. Sus victorias se han convertido en avances civilizatorios, hablamos de la lucha de las mujeres a ser reconocidas como ciudadanas con derechos al igual que los hombres desde la Revolución Francesa en 1789; de la primera ola del feminismo que logró el derecho al voto, al divorcio, a la propiedad para las mujeres; a la segunda ola feminista que reivindicó el ejercicio libre de la sexualidad, la maternidad libre, la interrupción legal del embarazo, y las actuales luchas para lograr la paridad en los derechos políticos entre hombres y mujeres, el combate a la violencia de género, la lucha por los derechos laborales de las mujeres para lograr un ingreso igual a trabajo igual con los hombres, la valoración económica del trabajo doméstico y la corresponsabilidad.

Sin embargo, siguen existiendo cuestiones sintomáticas que no permiten la concreción de un proceso emancipatorio de transformación genérica. La feminización de la pobreza (nivel elevado de la condición de pobreza cuya tendencia es en contra de las mujeres o los hogares a cargo de mujeres), la sobreexplotación femenina, la no garantía de nuestros derechos humanos fundamentales y la extensiva violencia feminicida son algunas de las grandes dificultades que atraviesan de forma transversal la cotidianidad de las mujeres.

Dicho lo anterior, las mujeres del Movimiento Nacional por la Esperanza convocamos a las organizaciones, movimientos sociales, a las y los activistas, a todas y todos los actores políticos, a poner en el centro de esta lucha la creación de nuevos paradigmas que permitan la concreción de una sociedad de mujeres y hombres libres e iguales entre sí. La lucha contra la cultura patriarcal y la masculinización del poder es una batalla política y cultural en el conjunto de la sociedad, pero también al interior de las organizaciones de las propias mujeres.

Las líneas siguientes son el reflejo de las inquietudes, las perspectivas, pero sobretodo, de los retos y de las propuestas que las mujeres tenemos y planteamos para la construcción de otras realidades: más armónicas, más igualitarias y menos degradadas. En otras palabras, estas líneas buscan servir como orientación para la re-significación del presente y la construcción de un proceso de emancipación, en el que olvidar lo aprendido (deconstrucción socio-cultural) sea una clave.

 

Sin autonomía económica no hay autonomía política.

Es importante tener claro que la pobreza y la desigualdad de género están indivisiblemente vinculadas ya que ambas se encuentran generalizadas. La feminización de la pobreza refuerza la desigualdad de género y la desigualdad de género acentúa la pobreza en sentido dialéctico. Esto significa, invariablemente, que la igualdad de género puede utilizarse para eliminar la pobreza y que mientras la desigualdad siga extendida la pobreza seguirá siendo un obstáculo insalvable para la consecución de los objetivos de cada nación, por ello, consideramos necesario y primordial que se atienda de manera puntual la discriminación salarial y la segregación ocupacional, formas de desigualdad económica que llevan a las mujeres a verse inmersas en situaciones de precarización tales como: tener dificultades para cubrir necesidades de orden primario (las de ellas y las de sus familias, en el caso de los hogares con una mujer al frente), mala alimentación que desencadena en cuadros de desnutrición y por consiguiente alteraciones severas en la salud, por mencionar solo algunas.

Considerando la ocupación laboral como indicador de los índices de pobreza femenina, cabe mencionar que la discriminación salarial (o conocida también como brecha salarial) genera una subordinación grandísima e invisible pues son las mujeres, al insertarse al mercado laboral, quienes representan la mano de obra más barata destinada siempre a las actividades productivas del sector terciario. Donde justamente se localiza otra de las problemáticas: la segregación ocupacional.

Esta forma de desigualdad de género consiste en la concentración desproporcionada, cargada de estereotipos socio-culturales, en la que mujeres y hombres se encargan de actividades, divididas a partir de lo “femenino” o lo “masculino”, es decir, la segregación ocupacional es la exclusión de un género ante la posibilidad de desarrollarse profesionalmente en actividades que socialmente le son atribuidas al otro. Como tradicionalmente se espera que las mujeres realicen tareas de carácter doméstico y reproductivo solamente, las oportunidades de profesionalización sin estereotipos de género son medianamente nulas, lo que genera que sean las maquilas y las industrias ensambladoras las únicas vías de inserción a una actividad productiva. O en algunos l casos ven en la migración una ruta de mejoramiento más al alcance.

Por ello es que la propuesta central es hacer visible que, si no se otorga autonomía económica, entendida como la mejora en las capacidades y en el acceso a recursos que posibilite a las mujeres convertirse en sus propias proveedoras y de sus dependientes, no habrá autonomía política. Pues la dependencia económica hacia los padres o la pareja siguen fungiendo como mecanismo de control, subordinación y opresión, además de reproducir los roles de género establecidos.

Para lograr los fines de la autonomía económica sugerimos retomar los postulados de la economía feminista respecto a la división del trabajo sin base en la idea de la diferencia sexual, la necesidad de trascender el androcentrismo del hombre económico (concepto utilizado desde la economía ortodoxa) y el análisis del uso del tiempo para el reparto del trabajo y del ocio entre hombres y mujeres. Lo que permitiría atender de forma paralela las dobles, triples o cuádruples jornadas que las mujeres tienen que realizar al no existir un reconocimiento de las tareas domésticas como responsabilidad de todos los miembros de un núcleo familiar, conocido también como sobreexplotación femenina.`

 

Para olvidar lo aprendido hacer visible lo invisible.

Poner en cuestión los privilegios encarnados desde el patriarcado es la expresión del deseo moderno de mayor libertad individual y reconocimiento colectivo, como lo establece Maxine Molyneux (2010). Es retomar la relación dicotómica desigualdad/justicia en un contexto en el que se han tenido avances respecto a derechos de ciudadanía femenina como resultado de un proceso de redemocratización, que así como trajo consigo avances, también impuso límites, poniendo en el centro del debate la categoría de “justicia de género”, concepto que remite a la justicia al ámbito de las relaciones sociales y jurídicas entre los sexos. Existen varias perspectivas de este tipo de relación aunque la conclusión es común y externa la existencia de una predisposición negativa, contraria para el ejercicio de los derechos de las mujeres en su mayoría. Ya que además subraya la división entre asuntos legales públicos y privados, trayendo a colación la administración de la justicia basada en principios androcéntricos.

Sabemos que son muchas las formas en que el sistema patriarcal ejerce poder sobre nosotras, que son múltiples las máscaras que utiliza y que la violencia que ejerce es estructural pues convierte en sistemáticos sus procesos de sujeción y dominación. Sin embargo, existen tres grandes causales de la desigualdad entre hombres y mujeres. La primera atañe a la discriminación como acto de rechazo y nulidad del otro, la segunda, al resultado político que controla el ejercicio del poder desde el esquema de las instituciones (desigualdad) y la tercera, la violencia como acciones concretas que vulneran, manipulan, someten y lastiman la dignidad e integridad de una persona. Esta triada conforma el escenario perfecto para la operatividad de la violencia feminicida (conjunto de todos los tipos de violencia en contra de las mujeres que desencadenan en la muerte de mujeres) y la anulación de acceder, realmente, a la justicia.

Convertir la diferencia en segregación es una práctica que resulta del ejercicio del poder, y para las mujeres no es desconocido el tema. Sexismo es la palabra que nombra a la forma de discriminación que utiliza el sexo como referencia para atribuir capacidades, valoraciones y significados a una persona. Y que además permea la vida social en todas sus aristas y espacios, desde la educación hasta la impartición de justicia.

En el caso de México, varias organizaciones sociales, colectivos feministas y demás actores sociales han denunciado la ausencia de una perspectiva de género en la impartición de justicia, lo que permite, como señalamos líneas más arriba pero en otros términos, que los actos de violencia no se denuncien en su totalidad, pues las víctimas, son atravesadas por actos de revictimización, sexismo y rechazo social, por lo que prefieren no denunciar dando paso a la impunidad.

Es por esto que resulta importante virar la vista a la educación como punto de partida para el inicio del proyecto emancipatorio de transformación genérica al que apelamos, pues el combatir la desigualdad desde la educación es hacer visible lo invisible, y poder transformar aquello que debe cambiarse. Pues nadie cambia aquello que desconoce. El reconocimiento de la discriminación, de la desigualdad y de la segregación como problemas educativos podría ser la clave en la transformación socio- cultural que se busca.

Por este motivo la invitación es a olvidar lo aprendido, olvidar lo que nos han dicho que debemos ser, olvidar que debemos aceptar que nuestros cuerpos son depositarios de misoginia y violencia. Se tiene mucho por hacer y la organización social será de suma importancia para abogar por el reconocimiento de la diferencia sin ir en detrimento de la igualdad.

 

Bibliografía de consulta.

Araya Umaña, Sandra – 2004 “Hacia una educación no sexista”, en Revista Electrónica Actualidades Investigativas en Educación, Vol. 4, núm. 2, Julio-Diciembre, Universidad de Costa Rica.

Medeiros, Marcelo y Costa, Joana – 2008 “¿Qué queremos decir con feminización de la pobreza?”, en One Pagers, número 58, Julio, Centro Internacional de la Pobreza.

Molyneux, Maxine – 2010 “Justicia de Género, Ciudadanía y Diferencia en América Latina”, Instituto para el Estudio de las Américas, Universidad de Londres.