“O tempo não para”, Gerardo Caetano reflexionó por qué en Brasil “huno un Golpe de Estado”

Gerardo Caetano analizó el proceso político contra Dilma Rousseff, al que catalogó como golpe de Estado, reflexionó sobre le momento actual del Mercosur y de América Latina y la democracia en este continente, donde dijo que se viven “procesos gravísimos” como los de Venezuela o Brasil.

Este martes finalizó el juicio político contra Dilma Rousseff, que comenzó hace varios meses y en el que la (ahora) ex presidenta de Brasil afrontó la acusación de un delito por maquillar cuentas públicas.

Montevideo Portal dialogó con el politólogo e historiador de la Facultad de Ciencias Sociales Gerardo Caetano, que repasó todo el proceso contra la líder del Partido de los Trabajadores, sus errores, y la “conspiración” que finalizó con la destitución de Rousseff. También argumentó por qué catalogó como “golpe de Estado” el proceso, además de analizar la situación actual del Mercosur y América Latina.

¿Qué reflexionó ahora ya finalizado el impeachment contra Dilma Rousseff?

Creo que la sociedad política brasileña está infectada de corrupción, y que esa corrupción ha traspasado todos los límites y ha llegado a la izquierda, y ha involucrado al PT. NO hay buenos ni malos, hay muy pocos políticos que se salvan de la corrupción en Brasil. Y esto tiene que ver con un sistema política que requiere una inminente reforma política.

Eso es todo un tema. O sea, por un lado, está la corrupción que enardece a la gente con toda razón y que obviamente legitima lo que cada uno de nosotros puede llegar a sentir frente a fenómenos como el Lava Jato. Eso, por un lado; por el otro, es el impeachment. Ahí no se le acusa a Dilma Rousseff por corrupción porque no se le ha podido probar ni el más mínimo punto de corrupción; lo que se está acusando es de lo que la constitución llama delitos de responsabilidad: manejos de maquillaje de cuentas públicas.

Yo he seguido el debate en el parlamento y he seguido incluso la producción de juristas de un lado y del otro y he creado una convicción: la convicción es que no hay pruebas contundentes que ameriten el desplazamiento de Dilma Rousseff. Entonces lo que ocurre es lo siguiente: yo he hecho mucha referencia a la frase de Onetti: “No hay peor mentira que contar los hechos sin su alma”. Entonces, tú estas contando hechos; estás contando que el impeachment es un instrumento de la constitución, que se han seguido todos los trámites y el debido proceso, pero lo que uno ha visto de manera brutal en Diputados y en Senadores, es que esto ha sido un linchamiento político. Que no se ha podido probar los delitos de responsabilidad y que en definitiva Dilma cae como consecuencia de un movimiento político, que podemos llamar de diferentes maneras, pero que en definitiva es un golpe de Estado. Por qué es un golpe de Estado, porque efectivamente culmina con un cambio de gobierno, no sólo de personas sino de gobierno. Han cambiado las políticas fundamentales y eso se ha hecho sin el pronunciamiento popular. Eso es un golpe de Estado. Yo lo que creo que hubiera correspondido, y ¡ojo! tengo una visión muy crítica de la segunda presidencia de Dilma en donde realmente asumió la política económica de sus adversarios y al mismo tiempo llevó adelante, por no tener mayoría legislativa, políticas que la alejaron del PT y que la hicieron hacer alianzas contra natura. Ella tenía entre sus más principales aliados a los que fueron los principales de la conspiración.
Pero viendo el proceso y cómo termina, lo que veo realmente es que, más allá de que se cumplieron los requisitos formales, el alma de los hechos denota un golpe de Estado, y lo que se tendría que haber hecho, primero Dilma, advertir que la situación era de ingobernabilidad y considerar dos cosas fundamentales: primero, hacer la reforma política brasileña que es impostergable y en segundo lugar la anticipación de las elecciones para que el soberano eligiera quien estaba en condiciones de enfrentar una gobernabilidad muy complicada.

¿Dilma supuso que podría llevar este proceso?

Dilma, creo que se equivocó. Ella pensó que podría enfrentar este proceso, hasta el final, que no se iban a animar a llevar adelante la conspiración. Y digo conspiración porque no cabe duda que hubo conspiración; cuando uno ve figuras como Temer, como Cunha, como lo que ha sido el comportamiento de la policía federal y de algunos jueces, del PMDB, la actitud de varios dirigentes políticos que estaban en el gobierno, y uno ve claramente que aquí lo que hubo fue un movimiento para cambiar de gobierno.

¿Quién está atrás de esta conspiración?

Yo soy muy contrario a las teorías conspirativas. Pero yo creo que la derecha brasileña, que es muy dura, no terminó de procesar una cuarta derrota con el PT y frente a la oportunidad de un gobierno débil, que no pudo sobrellevar un mal momento económico. Y lo aprovechó. Y lo aprovechó sin escrúpulos jurídicos, porque realmente presidir un gobierno que no fue electo por el pueblo y cambiar tan radicalmente las políticas que hace dos años el pueblo votó, que debió llevar adelante un gobierno. José Serra, canciller, está siendo absolutamente lo contrario a lo que fue la política del PT que fue votada por más de 50 millones de brasileños. Entonces, ¿cómo darle legitimidad a este gobierno? Que, con estos desbordes jurídicos, termina con un contexto de corrupción generalizada que involucra a todo el sistema político, un cambio de gobierno radical. Es como que acá se diera una situación que en Uruguay el Frente Amplio cayera… Ni siquiera hay un núcleo de derecha. Lo que debió haber, y acá hay responsabilidad de Dilma, priorizar la reforma del sistema político, porque como está no puede funcionar.

¿Esa reforma estaba en planes?

Esta reforma estaba en planes, pero no hubo corajes para hacerla. En Brasil hay cerca de 20 partidos con representación parlamentaria; el Partido de los Trabajadores ganó la presidencia, pero tiene una minoría pequeña tanto en diputados como senadores, porque un elector puede votar un presidente de un partido, un gobernador de otro, diputado de otro, senador de otro. Entonces, la dispersión del poder público es tan grande que genera una situación de ingobernabilidad que lleva a la corrupción. Para poder gobernar se compran votos; todo eso tiene que terminar.

Dudé mucho en todo este proceso en si los elementos que se iban acumulando ameritaba para hablar de golpe de Estado. Lo que he visto en este último tiempo, en el juicio y en el gobierno de Temer, han consolidado mi opinión de que respetando las formalidades en el alma de los hechos lo que ha habido en Brasil es un golpe de Estado. Y eso es muy grave para América Latina. En América Latina hemos perdido algo que es muy importante: el acuerdo de régimen. El acuerdo de régimen es el acuerdo para el disenso; es que un hombre de derecha, un hombre, de izquierda tengan lealtades básicas, que no vale todo. Hay factores que no se pueden alterar para ganar el gobierno. Eso se ha perdido. Tú tienes gobiernos que se dicen democráticos y son dictaduras. Venezuela es una dictadura, es un autoritarismo inadmisible.

¿La palabra democracia tiene contenido?

La palabra democracia pierde sentido. Porque se convierte en una palabra prestigiosa que todo el mundo usa esa idea, pero bajo prácticas que no son democráticas; y eso es grave, sobre todo en un continente en el que hace algunos años, quizás como nunca, habíamos avanzado a un acuerdo de régimen, en donde gobernara quien gobernara había acuerdo de régimen.

¿Es una América Latina fraccionada, dividida?

Yo la veo muy dividida, y me remito a los hechos. Nosotros tenemos en Uruguay una democracia de partidos que tenemos que cuidar mucho, porque hay lealtades básicas, pactos que se respetan pese a todos. Un proceso como el brasileño es impensable en Uruguay. Pero hay que pensar en Bolivia, el linchamiento de un viceministro torturado durante horas. Lo que pasa en Venezuela, en Nicaragua; lo que pasa en más de un sentido, aun con relativa tranquilidad, en Argentina. Son procesos que hablan de situaciones muy graves. ¿Cómo termina lo de Venezuela? Como termina la experiencia sandinista en Nicaragua. Cómo termina México, en donde la lucha contra el narcotráfico se ha cobrado 110.000 muertos, 26.000 desaparecidos reconocidos, que son muchos más porque muchos se niegan a denunciar porque impera una cultura de la impunidad. Hay que tomarse muy en serio estos casos como lo que acaba de pasar en Brasil. Que haya un gobierno que es votado por el pueblo para llevar adelante determinadas políticas, y que luego, en un contexto de crisis económica y de legitimidad política, genera un impeachment en donde sin pruebas contundentes se quita al gobierno y se pone a un gobierno que desarrolla políticas absolutamente antagónicas en todo sentido y que completa el mandato. Sin el respaldo de la soberanía popular es inadmisible. En Uruguay eso no podría ocurrir, por lo menos en el Uruguay que yo conozco.

¿Cómo ves las relaciones del Mercosur?

La pregunta que hay que hacerse es, y es terrible para mí porque soy integracionista, es si en este contexto efectivamente tenemos Mercosur. El Mercosur está paralizado; no se pueden reunir los presidentes, no puede haber reuniones de cancilleres. Hay una institucionalidad paralizada. No se puede avanzar en integración de un bloque con un contexto de este tipo. En un bloque de integración que venía de una situación muy conflictiva. Y ¡ojo! Esto no es porque no hay afinidad ideológica. Yo siempre estuve en contra de creer que los procesos de integración avanzan a partir de la afinidad ideológica que lo conforman, es un error garrafal. Ningún proceso de integración avanza así. Sobre todo, porque en las democracias las reglas son de alternancia; entonces hoy gobierna A y mañana Z y los procesos tienen que continuar. No puede ser que los cambios de gobierno generen estos problemas.

¿Por qué creés que se dio ese arraigo a las ideologías?

Yo creo que se cometió un gravísimo error: de creer que había una afinidad ideológica en los procesos de integración. La historia probó que no fue así, porque cuando hubo una retórica de otra integración, por ejemplo, cuando se ven documentos de una integración diferente, como el Acta de Buenos Aires o el Acta de Copacabana, en donde se hablaba de otro Mercosur y luego vas a los hechos, los gobiernos que generaron esos planes los incumplieron. Si tú crees que el Mercosur ha seguido en función de lo que se ha verificado en las cumbres, vas a creer que el Mercosur fue un proceso formidable, pero no fue así. Y finalmente tuvimos las controversias que tuvimos. Los partidos de izquierda (y a veces ni siquiera partidos de izquierda caracterizar de izquierda a gobiernos y a partidos cuya caracterización ideológica es muy dudosa: el peronismo, en todas sus versiones, ha sido considerado izquierda y en la historia argentina hay numerosos ejemplos de que ello no fue así) al pensar que desde la coincidencia ideológica se hace política de integración es un gravísimo error, porque es olvidar que esos procesos se hacen entre Estados y en Estados democráticos los gobiernos cambian. La afinidad ideológica llevó a errores ahora y también llevó a errores en la primera etapa, porque nos olvidamos que en la década del 90 el primer Mercosur era que apuntaba a la afinidad ideológica de los gobiernos, que era de otro signo: liberal.

¿Es posible un Mercosur sin ideología?

Por supuesto. Sin ideología en el sentido de derecha o izquierda, porque la integración es una ideología. Hay quienes no creen en la integración. Hay quienes creen en que la política exterior debe ser la apertura total. Se habla de “uruxit”, que es el correspondiente del brexit, eso es una postura ideológica. Pero la integración es una política de desarrollo, es creer que nadie se salva solo, que, para pelear las cadenas de valor, para pelear comercio, inserción, articular esfuerzos ayuda. Y eso implica articular esfuerzos de un color o de otro, después en la interna cada gobierno tendrá su programa. Es un grave error pensar en un Mercosur de izquierda o de derecha.

Originalmente publicado en Montevideo Portal.