ENTREVISTA: MARCO AURÉLIO GARCIA – Asesor especial de la Presidencia del Brasil para asuntos internacionales

Instalado en el Palacio del Planalto desde la primera elección de Lula, en 2003, es tenido como uno de ideólogos de la política externa brasileña. Nacido en el estado de Rio Grande do Sul en 1941, profesor en licencia de historia de la Unicamp, pasó nueve años en el exilio antes de ayudar a fundar el PT, del cual ya fue presidente.

Por Roberto Simon – periódico O Estado de S.Paulo

“Claro que hay cambios en la política externa”

Visión de Dilma sobre derechos humanos y nuevo escenario internacional altera diplomacia, reconoce Garcia; “Brasil no le tiene simpatía a autócratas ni tiene afinidad con Irán”

____________________

Mientras el Itamaraty todavía titubea en admitirlo públicamente, el asesor para asuntos internacionales del Planalto, Marco Aurélio Garcia, lo entrega en bandeja: “¿Hay cambios en la política externa? Claro que sí”.

Él afirma que la presidenta Dilma Rousseff está decidida a imprimir su marca en la diplomacia – empezando por la cuestión de los derechos humanos, a la cual es particularmente afecta – y que el contexto internacional ha cambiado.

Con la transición entre gobiernos, el propio Garcia parece haber recalibrado el discurso. Brasil “no le tiene simpatía a autócratas”, dice, y “no tiene ninguna afinidad con Irán”. Mirando hacia el pasado, él defiende que los abrazos de Lula al libio Muamar Gadafi o al sirio Bashar Assad no generan ninguna incomodidad.

El “profesor”, como le dicen, subió además el tono de las críticas a la intervención en Libia, “un precedente que autoriza a la ONU, siempre que haya una guerra civil, a interferir a favor de una fuerza”. A continuación, la entrevista.

Hay indicios – entre ellos el voto de Brasil en la ONU por el envío de un relator a Irán – de que la política externa está tomando un nuevo rumbo. ¿Cuál es la dimensión de ese cambio?

Primero, hay que hablar del voto en sí. Ya había iniciativas del gobierno Lula en esa área y, frente a denuncias, nosotros votamos sencillamente por la creación de un relator. Cabrá a él definir en su informe cuál es la situación encontrada y, recién entonces, nosotros tendremos que manifestarnos. ¿Hay cambios en la política externa brasileña? Claro que sí. Y están determinados no solo por las alteraciones en la realidad internacional, sino también por la distinta percepción del mundo que tiene la presidenta. No voy a trabajar con la idea de diplomacia presidencial, pero las grandes decisiones parten del presidente. Lula siempre le dio mucho énfasis a las cuestiones sociales. Dilma mantendrá esa sensibilidad del gobierno anterior, pero quiere enfatizar además las cuestiones ligadas a su pasado de prisionera política.

¿Y eso significará, por ejemplo, un cambio en la forma como Brasil vota en la ONU cuando el asusto es derechos humanos?

Cada caso es un caso. Es evidente que ya se ha dado un ejemplo. Otros vendrán. Al contrario de lo que se ha dicho, no hubo de parte del gobierno brasileño complacencia en lo que se refiere a los derechos humanos. Más del 90% de las mociones presentadas en el Consejo de Derecho Humanos de la ONU tuvieron voto positivo de Brasil. Nosotros tenemos la preocupación de que esas votaciones no sean selectivas – solo contra los países del sur – y puedan abordar de forma equilibrada todas las situaciones.

Brasil nunca votó contra Cuba y siempre votó contra Israel. ¿Eso no es ser selectivo?

Tendríamos que ver concretamente cuáles fueron las mociones presentadas. No puedo comentar en abierto. En la entrevista de la presidenta al Washington Post, que ha sido tan mencionada como un punto de inflexión, ella decía querer rever tanto la situación de Irán como la de Guantánamo. En el caso de Irán, quien suscitó la cuestión de la señora Sakineh (Ashtiani, condenada a muerte por apedreo) fue Lula. Cuando estuvimos en Teherán, concluimos un proceso que llevó a la liberación de la francesa Clotilde Reiss. Hubo iniciativas del canciller Celso Amorim con relación a los cineastas presos y a la comunidad bahaí. Trabajamos en otra clave, pero de ninguna manera hay condescendencia.

Al mismo tiempo, cuando se piensa en la relación con Irán, es imposible olvidar la frase que comparó a opositores masacrados con hinchas frustrados.

Esa comparación se dio en otra situación, en las elecciones. Yo invoco lo que dije en aquel entonces: “Me parece muy positivo (la protesta en las calles)”. Esa era la evaluación de la diplomacia brasileña. Positivo porque demuestra la vida política en la sociedad iraní.

Y la brutalidad de un régimen dispuesto a todo para mantenerse en el poder.

Sí, pero hubo manifestaciones. No tengo informaciones para dar o no validad a las elecciones. Es más, no tenemos ninguna afinidad con el gobierno de Irán. Es un gobierno religioso, nosotros somos una república laica. Ellos tienen leyes que condenamos. Pero lo que nosotros fuimos a hacer a Irán en aquel momento fue otra cosa: intentar frenar un programa (nuclear) militar, permitiendo una solución negociada. Las potencias no lo aceptaron y optaron por las sanciones.

En 2003, Brasil ayudó a elegir a Libia como presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Meses después, Trípoli logró, con apoyo brasileño, suspender de la Comisión a la ONG Reporteros Sin Fronteras, que había protestado contra las elecciones. ¿Este tipo de voto tiene lugar en el gobierno Dilma?

La presidenta tiene un criterio definido para el tema de derechos humanos – la cual comparto totalmente. Ella, personalmente, tiene una historia muy vinculada a la cuestión de los derechos humanos – fue presa política. Y dice lo siguiente: “Por fidelidad a mi historia, seré intransigente en cuanto a los derechos humanos y a la defensa de las mujeres”. En ese punto, no hay ninguna posición idiosincrática.

Parece bastante diferente de Lula, al que no le molestaba abrazar a dictadores.

Lula tiene su estilo, distinto del presentado por Dilma. Nunca nadie observó el hecho de que Lula le decía “compañero” a Bush. No creo que, hablando estrictamente, Bush pudiera ser categorizado como “compañero”. Pero son estilos. De la misma forma como convivió aquí con personas que venían del “antiguo régimen” (dictadura militar), él podía perfectamente convivir con ciertas figuras internacionales. Cuando se escriba la historia de la política externa del gobierno Lula, ese aspecto no tendrá carácter fundamental. Lo que hay de fundamental – y continuará en este gobierno – es la buena relación con América del Sur, América Latina, África, China, India, Unión Europea Y Estados Unidos.

Buenas relaciones con los Estados Unidos, pero con grandes roces – bases en Colombia, Irán, Honduras, Cuba, comercio…

¿Qué querías? ¿Que nos quedáramos callados?

Constato un hecho: hubo roces significativos en la relación bilateral.

La relación con EEUU es buena, pero, como en toda relación, tenemos áreas de acercamiento y áreas de conflicto. Muchas de las críticas vienen de un período en que una buena relación significaba sumisión.

Como dice Chico Buarque, era el tiempo en que poníamos la voz finita para hablar con Washington y gruesa para hablar con Paraguay y Bolivia. Eso se acabó, ahora hablamos igual con todo el mundo.

Sobre la situación en Libia, ¿Brasil pide o no la salida de Gadafi?

No. Brasil no ha incorporado esa cuestión.

¿Y cómo evalúa Ud. la intervención de la Otan en territorio libio?

Al lado de Alemania, Rusia, India y China – o sea, de buena parte del Consejo de Seguridad – nosotros nos abstuvimos en la última votación porque ya anteveíamos que podría haber problemas. Aquél día, dije a un colega de un país del Consejo de Seguridad que una votación de aquél tipo, primero, podría abrir una caja de pandora en la región y , segundo, sentaba un precedente gravísimo, autorizando ahora, siempre que haya una guerra civil, que las Naciones Unidas intervengan a favor de una fuerza.

De no ser la acción militar, Gadafi habría tomado Benghazi, lo cual llevaría a una masacre. ¿No es demasiado cómodo para Brasil criticar la intervención sin proponer una forma concreta de evitar la tragedia?

En ese mismo momento de la votación hubo una masacre de cien personas en la capital de Bahrein. ¿Las Naciones Unidas salieron a proteger la población allá masacrada? No le tenemos ninguna simpatía a Gadafi o a ningún régimen autocrático de aquella región. Las grandes potencias sí tienen simpatías. Y han revelado esto de manera muy enfática. Gadafi estaba sumamente próximo a las potencias en los últimos tiempos.

Lula llamó a Gadafi “mi amigo, mi jefe”. ¿ Eso no es tenerle simpatía?

Nosotros no la tenemos, se lo puedo asegurar. Si la tuviéramos, desarrollaríamos acciones conjuntas con Gadafi. Una vez él me propuso la creación de una especie de Otan del Atlántico Sur. Yo le dije: “Eso no está en nuestra agenda, no lo vamos a desarrollar”. Por supuesto que Brasil tenía intereses económicos en Libia – inferiores a los de China, Francia, EEUU y Gran Bretaña, pero los tenía. En realidad, la Otan intervino en una guerra civil en Libia. Ahora está discutiendo armar a los rebeldes. Hubo una acción extremadamente violenta, que diezmó el poder de fuego de Gadafi.

¿Sería mejor no haber tenido esa intervención y estar frente a pérdidas humanas al estilo Ruanda o Darfur?

Brasil no tiene mala conciencia con los casos de Ruanda o Darfur. Que los países que tienen ese tipo de problema dejen de intentar expiarlo por el resto de sus vidas. Libia, Egipto y todos los países de la región tienen derecho a gobiernos democráticos, con elecciones y demás. Fantástico. Pero la elección de esos gobiernos debe ser resultante de un proceso interno. El papel de la comunidad internacional es asegurar que eso se haga sin violencia. Ahora, se está haciendo con violencia. ¿Será que Irak – con decenas de miles de muertos y con la brutal violación de los derechos humanos – no sirvió de ejemplo? Allá no murieron noventa y pico de personas, como en el primer momento en Libia.

Lula tuvo una relación personal afectuosa no solo con Gadafi, sino con otros líderes de la región que ahora están en problemas. Es el caso del sirio Bashar Assad, que hoy ordena a sus tropas abrir fuego contra civiles desarmados. ¿Esto no deja al gobierno brasileño en una situación incómoda?

Nuestra “relación afectuosa” con Bush es motivo de incomodidades? De la misma manera que hay un grupo que hace acusaciones gravísimas contra el presidente Assad, hay otro que responsabiliza a los EEUU por violaciones gravísimas en Irak. Tratamos de entablar un diálogo con todas las fuerzas políticas y nunca hemos hecho concesiones – no realizamos las visitas realizamos para celebrar el gobierno de Irán, de Libia o de Siria.

Hay rumores de que, con la transición entre Lula y Dilma, Ud. perdió espacio en el gobierno.

Mi oficina sigue del mismo tamaño (risas). En noviembre, había un movimiento casi consensual para que yo sustituyera al ex presidente argentino Néstor Kirchner como secretario general de la Unasur. Varios gobiernos se habían manifestado en esa dirección. Como la elección (de Dilma) ya había ocurrido, yo expuse a la presidenta la situación. Ella me pidió que yo siguiera como asesor de política externa. Yo acepté y aproveché para solicitar una estructura mayor. La presidenta estuvo de acuerdo.